“La política argentina no elige candidatos: elige enemigos.”

Y quizás esa sea la clave para entender por qué cada época del país termina convertida en una batalla emocional. Porque en Argentina gobernar nunca alcanzó. Siempre hizo falta construir una épica, una confrontación, una grieta capaz de ordenar a la sociedad entre dos bandos.

Desde “Braden o Perón” hasta “la casta o la libertad”, nuestra historia política puede leerse como una sucesión de antagonismos perfectamente narrados. El filósofo Carl Schmitt decía que la política nace cuando aparece la distinción entre amigo y enemigo. Y la Argentina hizo de esa lógica casi una identidad nacional.

Peronismo o antiperonismo. Pueblo o corporaciones. Campo o gobierno. Macri o Cristina. La política argentina rara vez se presenta como administración; se presenta como destino histórico. Como una pelea decisiva donde se juega algo más profundo que una elección.

Y ahí aparece Javier Milei.

Muchos creen que su mayor talento fue económico o televisivo. Pero su verdadero poder fue narrativo. Milei entendió algo fundamental: una sociedad agotada no se moviliza con tecnicismos; se moviliza con símbolos, emociones y enemigos claros. Por eso creó “la casta”. No como concepto académico, sino como una figura emocional donde millones pudieron descargar frustración, bronca y desencanto.

Pero toda narrativa necesita un rival visible. Y hoy empieza a instalarse una nueva escena política: Milei contra Axel Kicillof.

No se trata solamente de dos dirigentes. Se trata de dos modelos culturales enfrentados. Milei representa la ruptura, el individuo, el mercado y la rebeldía antisistema. Axel encarna el Estado, la tradición peronista y la idea de protección colectiva. Dos visiones del país convertidas en personajes.

Y esa es la gran transformación de esta época: ya casi no votamos partidos. Votamos identidades. Votamos relatos. La política se volvió una guerra cultural permanente donde cada líder ocupa el rol de héroe o villano según quién mire.

La pregunta es si la Argentina todavía puede discutir sin necesidad de convertir cada elección en una batalla final. Porque cuando la política necesita enemigos para sobrevivir, el adversario deja de ser alguien con quien debatir… y pasa a ser alguien que debe ser derrotado.

Opinión por Marcelo Insaurralde

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba